"Detrás de cada niño que cree en sí mismo, antes hubo un adulto que creyó en él".
Como adultos, uno de los mayores cambios que vemos en los niños y niñas, es cuando empiezan a hacer las cosas por sí mismos, a expresar sus preferencias, tomar sus decisiones… poco a poco dejan de ser ese bebé que depende por completo de nosotros, y empiezan a ser esos pequeños seres capaces de todo.
En esta ocasión, queremos centrar esta entrada del blog, en este momento evolutivo del “yo solito, yo solita”, de querer probar, experimentar la sensación de poder hacerlo todo por ellos mismos, de empezar a querer ser ellos mismos y ellas mismas.
Intentar dar respuesta a ésta imagen, antes de seguir leyendo.
En definitiva: ser autónomo.
Para hablar de autonomía, necesitamos primero hablar de un par de palabras que nos parecen importantes y que van de la mano.
CAPACIDAD, conjunto de recursos y aptitudes que poseemos para desempeñar determinadas acciones o tareas.
AUTONOMÍA, capacidad para resolver situaciones cotidianas sin ayuda de otras personas. De actuar libremente y elegir nuestras opciones.
Una persona autónoma es dueña de sus decisiones, impulsos, iniciativas y renuncias, sabe lo que quiere, se lanza a conseguirlo teniendo en cuenta a los demás, pero sin dejarse someter o manipular.
AUTOESTIMA, es la valoración de nuestros pensamientos, actuaciones y sentimientos así como la percepción que tenemos de nosotros y nosotras mismas.
Desarrollar un amplio abanico de capacidades, acompañado de una buena dosis de confianza, nos hace tener una mayor autonomía. Poder desarrollar esa autonomía nos ayuda a tener una alta autoestima, y eso favorece un buen desarrollo emocional.
Una mayor autonomía, favorece una buena autoestima. Una buena autoestima favorece un buen desarrollo emocional.
Si pensamos en los niños y niñas que nos rodean queremos que en el futuro sean de una forma que choca con lo que queremos de ellos durante su infancia. Si nos los imaginamos de adultos, los vemos autónomos, independientes, capaces de defender sus ideas, pero en cambio no les dejamos esa “libertad” para empezar a hacerlo desde ya mismo, queremos que sigan siendo esos niños y niñas que hacen todo lo que les pedimos a la primera, que no se enfaden…
Ahora que ya tenemos más o menos clara la diferencia entre estas grandes palabras queremos lanzar una pequeña reflexión, ¿es lo mismo autónomo que independiente? ¿qué dirías de un niño, una niña de estas edades que se viste solo o sola por las mañanas? ¿son autónomos o independientes?
Inculcamos independencia cuando les enseñamos a vestirse solos, pero les restamos autonomía cuando les obligamos a hacerlo de determinada manera, la nuestra. Les hacemos independientes al dejarles vestirse solos, pero no les dejamos ser autónomos en la elección de qué ropa ponerse.
Para ser autónomo, lo importante no es sólo el “hacer”, sino también el “ser”. A menudo, les damos autonomía dejándoles hacer cosas que consideramos, ya son capaces de hacer, pero les censuramos
no dejándoles ser, no dejando que muestren sus emociones, gustos y preferencias, sus elecciones, ya que a menudo éstos no son iguales que los nuestros, o no son “socialmente” aceptables. ¿Qué hay de malo en que un niño o una niña decida salir a la calle con un disfraz, o con el pijama? ¿O que decida ponerse dos prendas de ropa que a nuestros ojos adultos no pegan o combinan? Desde nuestro punto de vista, no hay nada de malo. Están mostrándonos su forma de ser, desarrollando poco a poco su personalidad, y nos la están dando a conocer a través de esos gustos y decisiones que empiezan a tomar cuando se les permite, cuando les damos la opción de elegir, de decidir. Queremos que comiencen a hacer cosas por sí mismos, pero nos asusta que empiecen a ser ellos mismos y ellas mismas, que se opongan a nuestras decisiones adultas. Es momento de la aparición del “no”, de defender sus ideas y sus opciones. Muchas veces cuando esta fase aparece, pensamos que van en contra del adulto, que nos retan, a veces sí, y a veces no. En muchas ocasiones lo que están haciendo es simplemente manifestar su opinión, su deseo. Queremos que cuando sean adultos se opongan a ideas o hechos con los que no están de acuerdo, que defiendan sus propias ideas, pero cuando el “no”, aparece entre sus palabras nos sentimos atacados por esa negación y tendemos a no respetarla, a ignorarla. El NO de cada niño y niña debería ser vivido como una oportunidad, una oportunidad para ellos de vivir y experimentar sus propios límites en relación con los otros y una oportunidad para el diálogo, la escucha y la negociación. Detrás de ese “no” hay muchas emociones contenidas que buscan salida, que buscan ser expresadas, manifestadas. Dejarles que muestren libremente sus emociones, es también tenderles la mano para que sigan el camino de la autonomía y la independencia. De la misma manera que aceptamos y permitimos que rían, se sorprendan, disfruten… debemos aceptar y permitir sus enfados, su ira, sus miedos, su necesidad de llorar… dándoles tiempo y espacio cuando ocurren cada una de estas emociones, dándoles presencia y palabra, y como siempre, estando disponibles y presentes para poder acompañarles. En definitiva, no perder esas oportunidades que el día a día nos proporciona a todos y todas para conocer nuestras emociones y aprender a gestionarlas.
Podemos echar mano de muchas situaciones cotidianas en las que el “no” aparece con fuerza. Imaginemos esta situación, final de la tarde, llevan un rato jugando tranquilamente, “cariño recoge, hay que ir a bañar”, “nooo!”, en ese momento nuestra postura de adulto cortocircuita, “nos atacan!” es lo que piensa nuestro ego, y respondemos a la altura de ese ego dolido por el ataque y la oposición, “es tarde, hay que cenar, tienes que ir a bañar” todo en un tono alterado por nuestro ego dañado, su respuesta es un “no” más fuerte, más potente, seguramente acompañado de llanto, el lanzamiento de algún objeto… en esta situación, no nos estamos parando a verles y escucharles como esos seres capaces que son, como esas personas que empiezan a defender sus ideas, sus derechos. Si nosotros como adultos, estamos plácidamente disfrutando de uno de nuestros hobbies y alguien aparece de repente sin previo aviso para “obligarnos” a finalizar el mismo, también nos opondremos, o buscaríamos la manera de estirar un poco más ese momento. Está claro que en esta situación, hay que bañar y no hay más, pero escuchar su postura, sus emociones dialogar con ellos y ellas, llegar a un entendimiento, favorece no solo su autoestima, sino también su autoafirmación como personas independientes, sentirse escuchados y valorados les ayuda a sentirse capaces de serlo y seguir mostrándose tal y como son.
“SI NO SE CONSIDERA CAPAZ NUNCA LO VA A INTENTAR. SI NO LO INTENTA, NUNCA VA A APRENDER”
A veces encontramos situaciones en las que quieren hacer algo por sí solos pero no tienen la capacidad necesaria para realizarlo, sin embargo, buscan alternativas y la forma de conseguir hacer aquello que desean independientemente, generando en ellos y ellas una sensación de satisfacción y orgullo, aumentando así su autoestima al verse capaces de realizarlo sin ayuda de nadie. Desde nuestra posición de adultos, vemos que esa no es la forma correcta y tendemos a corregirles sin darnos cuenta de que de esa forma les restamos autonomía.
Un claro ejemplo de esto es cuando un bebe empieza a querer comer solo, pero todavía no tiene la destreza suficiente para utilizar los cubiertos, su alternativa es comer con las manos, algo que refuerza su autoestima, pero que a nosotros como adultos nos cuesta reconocer.
Lo importante no es encontrar la mejor solución, sino la propia. Si nos piden ayuda, podemos decir “yo lo hago así” en lugar de “se hace así”. Dejándoles a ellos y ellas la posibilidad de probar, de poner en marcha sus propias decisiones y resoluciones. Evitando la frustración, estamos evitando que lo intenten, que busquen otras alternativas, tenemos que dejarles la libertad de probar y de equivocarse. La frustración, el enfado, son la respuesta a no conseguir lo que quieren, a sentir que no son capaces. Nuestro papel como adultos en estos casos, como ya hemos comentado en publicaciones anteriores, es acoger esa emoción, y acompañarlos, animarles a seguir intentando, ayudarles a no darse por vencidos.
La autonomía es una conquista, una conquista que no se da, no se enseña, se toma. La autonomía es una conquista que se conquista, paso a paso, como si de la ascensión de una montaña se tratara. Se conquista preservando el espacio de las criaturas, su infancia, sus tiempos y expresiones, para que de esta forma la autonomía pueda darse.
Nuestra tarea en esta gran conquista es acompañarles, sostenerles cuando lo necesitan, cuando algo se les apodera, cuando algo les frustra. Alegrarnos de sus logros, y apoyar cada uno de sus pequeños grandes pasos. Estar presentes. Darles espacio y presencia como personas independientes que son. Escuchar sus posturas y respetarlas. Dejarles hacer y ser.
Gracias por haber llegado hasta aquí. Ahora os dejamos con un corto que nos parece muy emotivo e interesante. Esperamos que lo disfrutéis y os haga reflexionar.
- "Educar en el asombro" Catherine L´ Ecuyer
- Álvaro Bilbao ( www.alvarobilbao.com )
- Romina Perez Toldi ( www.tetaaporter.com )


Comentarios
Publicar un comentario